28/06/2017


De la carrera política al estrellato


Si el Papa Francisco se postulase como Presidente de la República Argentina: ¿Tendría oportunidades de ganar? A partir del año 2011, en Latinoamérica pudimos experimentar el auge de famosos, artistas y periodistas postulándose en listas electorales. Quizás el casos más resonante en los últimos tiempos haya sido el del humorista Miguel Del Sel, quien estuvo muy cerca de ganar las elecciones a Gobernador de Santa Fe y que posteriormente asumió el cargo de embajador en Panamá, al cual paradójicamente renunció este año para volver al humor.
Este fenómeno de partidos políticos posicionando figuras sociales y del medio artístico para destacar sus listas electorales, vuelve a presentarse en las elecciones legislativas de 2017, con énfasis en una nueva suerte de “políticos periodistas”. En Córdoba, la reciente candidatura de Beto Beltrán; la periodista Débora Pérez Volpin en Capital Federal, alistándose en el espacio Evolución de Martín Lousteau; o en Salta, donde resulta llamativa la cantidad de trabajadores de los medios que se han sumado diferentes corrientes políticas de cara a la próxima contienda electoral, son sólo algunos ejemplos de esta situación.
Entonces ¿Qué está sucediendo con la clase política y esta nueva especie de “alfombra roja” que se presenta en las listas electorales? Existe un motivo central para explicar este fenómeno: la falta de credibilidad y empatía de los ciudadanos hacia la clase política.
Este suceso se viene repitiendo en toda Latinoamérica en los últimos diez años; los políticos no saben escuchar e interpretar a la sociedad. La brecha de insatisfacción y desapego de los votantes es cada vez mayor y, en muchos casos, peligrosamente irreversible.
Ante este escenario, se ha pretendido dar solución a la problemática presentando a periodistas como símbolos de “credibilidad” o a artistas como espejos de “empatía” con la ciudadanía, lo que conlleva además una menor inversión económica para instalar a los candidatos en posicionamiento de imagen y representa un modo de “parche” para acortar brechas con el electorado. Sin embargo, este nuevo modus operandi sigue subestimando a la gente, sin considerar, como ha quedado demostrado en más de una oportunidad, que el imaginario social no es tan maleable: distingue a la figura de la carrera política que realiza (o que debería realizar).
Éste es el punto de la cuestión que en Latinoamérica parece haberse olvidado: la política es una carrera. Cualquier ciudadano puede acceder a ella, pero debe ser tomada como una herramienta para realizar el bien social y no como un atajo para saborear las mieles del poder. La pérdida de las bases y doctrinas de las estructuras políticas desnudan hoy el gran fracaso de las mismas.
En el mundo actual, atravesado por la hípercomunicación, parece que todos han entendido las nuevas reglas del juego menos los políticos, a quienes en los últimos años hemos visto correr detrás de sus carreras y quedar rezagados por debajo de la sociedad.


Gastón Toro
Grupo Feedback SRL

 



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